Alarmas

En 1964 se publicó por primera vez El Silenciero, una excelente novela del escritor mendocino Antonio Di Benedetto, el libro relata la vida de un hombre que desarrolla paulatinamente una aversión enfermiza al ruido, trata por todos los medios de huir de ciertos sonidos urbanos y emprende una búsqueda desesperada de lugares silenciosos. El silencio como obsesión, el ruido que parece empeñarse en perseguir al protagonista y aniquilar su tranquilidad y el lento avance de la locura son los temas centrales de esta obra genial.

Esta mañana me desperté con la sirena implacable de una alarma, no se si de auto o de casa, pero era de esas que cambian varias veces de tono y ritmo, mucho peores que esas otras de sonido monótono, porque no dejan que el oído se acostumbre y deje de prestarles atención. Me acordé de Di Benedetto, de Di Benedetto y del Viti Fayad. Me imaginé cómo cambiarían  algunos matices de El Silenciero si hubiese sido escrita treinta años más tarde, cuando empezaron a proliferar las alarmas, porque de todos los ruidos que fabrica una ciudad, sin dudas el más nocivo para la cordura es el que emana de estos inútiles dispositivos.

Antonio Di Bendetto

Antonio Di Bendetto

Sí, inútiles, en la actualidad los delincuentes están acostumbrados a las alarmas, las han incorporado a sus rutinas, no representan un obstáculo para la consecución de sus objetivos. ¿Quién no conoce a alguna persona que no haya sido víctima de alguna sustracción a pesar de tener sofisticados sistemas de alarma? Las alarmas ya no sirven, no disminuyen el riesgo de robo, sólo sirven para molestar. Sin embargo hay personas que, aún sabiendo esto, siguen activando sus aparatitos de hacer ruido cada vez que salen de sus casas o que dejan estacionado sus autos en una calle.

Hay maneras de evitar los robos que no molestan a nadie:  contratar un sistema silencioso de monitoreo, instalar un GPS, comprar un dispositivo de esos que traban el motor y la dirección y un estéreo desmontable, o pagar un estacionamiento, contratar un guardia de seguridad y comprar un Rotwailler asesino entrenado para comerle las pelotas a los ladrones, etc. Pero en la decisión de instalar una alarma interviene también la idea de usar el tiempo de los demás, la hipótesis narcisista de que “todos deben cuidar de mis bienes”, los que dejan que sus alarmas suenen pertenecen a la clase de oportunistas que confía en que los otros, preocupados por la suerte de sus pertenencias, se van a hacer cargo de llamar a la policía; bueno, es hora de que lo sepan: no sólo no llamamos a la policía si no que, mientras dura la inaguantable sirenita, cruzamos los dedos para que les roben todo, incluyendo el sistema de alarma.

El ruido de una alarma molesta mucho, después de un rato satura el espacio y el tiempo, aplaza todo, se cuela por el oído y termina por obstaculizar cualquier actividad que requiera un mínimo de esfuerzo mental. Con una alarma sonando no se puede leer, ni escribir, ni trabajar, es una agresión. Creo no ser el único al que le molesta, si no pregúntele a Funes.

El Viti Fayad -  - Intendente de Mendoza Capital

El "Viti" Fayad - - Intendente de Mendoza Capital

Les decía que la alarma de esta mañana, me hizo acordar a Di Benedetto y también a Fayad, este radical fue el artífice principal de aquella ciudad Capital de Mendoza que a mediados de los 90’ llegó a ser considerada como “la más limpia del país”. Hace poco fue elegido nuevamente, después de varios años, para desempeñar el cargo que mejor sabe ejercer: intendente municipal. Entre otras medidas polémicas, hace poco, Fayad prometió remover de la vía pública los autos cuyas alarmas suenen persistentemente sin que nadie las desactive. Algunos ya pusieron el grito en el cielo, claro, ellos son los que estacionan en las calles de la Quinta o Sexta sección, ponen la alarma con sus llaveritos y se van a dormir. Yo no sólo celebro la iniciativa del Viti Fayad, propongo que además  se envíe un proyecto de ley para que la medida rija en todo el territorio argentino, que incluya sanciones para los dueños de los vehículos (multas y, de ser posible, martirios físicos) y que las mismas se hagan extensibles a los propietarios de casas con alarma.

Borges decía que al destino le gustan las repeticiones y las simetrías. En 1964, un mendocino escribía una novela sobre lo perjudicial para la salud mental que pueden resultar ciertos ruidos de las ciudades, cuarenta y cinco años después, otro mendocino pide un poco de silencio en esa misma ciudad. ¿Justicia poética?

  1. P.

    Absolutamente de acuerdo, las alarmas no sirven mas que para molestar, no creo hayan salvado un solo robo.
    Y si estamos con los ruidos, podriamos hablar largamente del celular. Por poner un par de ejemplos, esos que hablan por Nextel con microfono abierto, o los que no les importa que suenen sus cels en conferencias o lo que fuere..

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  2. Maguila

    @Roberto Blem
    Sí, pero no entiendo qué tiene que ver

    @M. Ranada
    Claro, Zama es su mejor obra, a partir de Zama se lee el resto, creo.

    @P.
    Los celulares, la gente que habla por celular, los que llevan el mp3 al palo como para que escuchen todos, los autos con potentes sistemas de sonidos que andan con la música al palo…uffff, contaminación.

    Saludos

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  3. Gustavo

    Hay una pelicula sobre el tema: “Noise”. La pelicula es bastante mala pero me siento identificado en varios puntos con el protagonista ( Tim Robbins ), por un lado he dañado varios coches ( daños mas bien leves, pero algo, para que no se la lleven de arriba ) y destruido varias alarmas de casa ( siempre que no esten demasiado inaccesibles. Hay que destruirlas totalnmente para que dejen de sonar, con cortar el cable no alcanza ). Por otro lado, y a esto es lo que voy, comparto con el protagonista de la pelicula su gran duda: como nadie reacciona ? como todos lo toleran ? Eso es lo mas increible !!
    Si alguien nos tira mierda en nuestra puerta y sabemos quien es, reaccionamos, algo hacemos. Sin embargo la tortura continua e inutil de las alarmas, que no es la unica violacion gratuita a nuestro espacio auditivo, las aceptamos como mansas ovejas.

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