Vindicación del plagio

CopyEstudiar está bien, leer teoría, acumular conocimientos y ejercitar capacidades intelectuales es bueno, eso no está en discusión. Pero las personas aprenden, sobre todo, haciendo cosas. Aquellas habilidades por las que se destacan, aquellos talentos por los que se enorgullecen, aquellas capacidades que les permiten ganar dinero y, a veces, sobresalir en sus culturas, son adquiridas por la práctica sistemática de determinadas conductas más que por la acumulación de información escrita. Y para hacer suyos determinados tipos de conductas y comportamientos el ser humano debe empezar copiándolas de otros.
Aprendemos a caminar caminando, y para eso tratamos de imitar a otros seres humanos. Copiamos.
Intentamos reproducir palabras que oímos a otros para aprender a hablar. Copiamos.
Procuramos emular los trazos que dibuja la maestra en el pizarrón para aprender a escribir. Copiamos.
O el desarrollo de las ecuaciones, o los cuadros sinópticos. También los copiamos del pizarrón.
Cualquiera que alguna vez haya tratado de tocar un instrumento sabe que, al menos al principio, se practican melodías de otros. Las copiamos.
Copiar es la conducta más importante en el proceso de aprendizaje. El niño copia las conductas de sus padres. El alumno copia a sus maestros. Artistas y deportistas, antes de desarrollar estilos propios, pretenden parecerse a sus ídolos copiando sus procedimientos. Solistas y conjuntos musicales empiezan haciendo covers, o sea: copiando. Nada sería posible sin copiar, así se empieza.
Sin embargo, superadas ciertas etapas de nuestro desarrollo, copiar está mal visto. Se ha inventado una palabra para despreciar la copia: plagio. Se han desarrollado sistemas complejos e interminables de derechos de autor, destinados a castigar el acto de copiar. En muchísimos ámbitos copiar está penalizado, expresa o moralmente. La demonización de la conducta de copiar ha penetrado profundamente en nuestra psicología, está muy arraigada a nuestra cultura. Al menos en numerosos sectores.
A priori cualquier  apología de la copia corre el riesgo de ser rotundamente rechazado por cualquiera de nosotros. Si superan ese prejuicio cultural y tienen tiempo, les sugiero mirar este video, al menos los primeros 30 minutos:

Everything is a Remix es un documental del cineasta neoyorkino Kirby Ferguson. Y lo que intenta evidenciar es que muchos de los avances tecnológicos que han hecho progresar a la humanidad han sido posibles gracias a la conducta de copiar. Muchas de las obras artísticas más originales (libros, películas, discos, dibujos, fotos, etc.), han sido producto de la copia, la transformación y la combinación de obras existentes. Ferguson muestra que películas emblemáticas como Star Wars o Kill Bill, son el resultado de combinar inteligentemente muchísimos argumentos, ideas, géneros, escenas, estéticas, estructuras, e inclusive planos de películas y programas de TV pre-existentes. El documental expone cómo los primeros productos de Apple toman muchas ideas de productos Xerox (aunque después no dudaron en acusar de plagio a Microsoft y Google por Windows y Android respectivamente). Lo mismo para muchísimas canciones. Y para muchos dispositivos móviles. Y para innumerables inventos de la primera mitad del siglo XX. Y, aparentemente, Disney, utilizó miles de leyendas populares para hacer sus películas y crear sus personajes (y las registró).
No existen las musas, ni la inspiración celestial del artista atormentado. Todo eso es chamuyo, esnobismo puro. La inspiración es la aplicación de determinados procesos mentales adquiridos, al material y la información que nos rodea. Crear es copiar, transformar y combinar. La creatividad no es algo innato, no es un don con el que se nace si no un hábito que se consolida con la práctica. Y esa práctica empieza con la copia, sigue con la transformación y, finalmente, con la combinación de esas copias transformadas hasta quedar irreconocible.
Pero la vanidad y el egoísmo le impiden al ser humano reconocer conscientemente el gran peso que tienen las influencias en sus obras, de ahí provienen los reclamos de exclusividad, los sistemas absurdos de derechos de autor, los millonarios mercados del copyright y la convicción de que copiar es un delito. La cuarta parte del documental se ocupa de eso, del enorme negocio de los derechos en las industrias culturales y tecnológicas, con el que se enriquecen unos pocos chantas (y no precisamente creadores). Son cuestiones que la masificación de internet nos obligará a discutir en breve.
Tal vez el futuro nos demande replantear viejos paradigmas. Tal vez éste sea uno. Tal vez copiar no sea tan malo después de todo.

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