Ellos

ELLOSCada tanto pasa, nos levantamos cualquier día y leyendo el diario o viendo tele, nos encontramos con algún viejo amigo, un amigo al que hace años que no vemos, probablemente involucrado en algún problema que amerita ser considerado por los medios de comunicación. Cosas de la vida. A mí me pasó hace poco, menos de dos meses, un domingo a la mañana. Un ex compañero de la secundaria, un amigo con el que la vida me llevó a compartir en otras épocas mucho más que aulas y clases de contabilidad, estaba en el Diario Uno de Mendoza contando que se habían llevado a sus hijos de 4 y 6 años a vivir a otra provincia.

Con los años y la paternidad uno se vuelve sensible a ciertas cosas, las corazas del cinismo y el escepticismo lo abandonan y las balas empiezan a entrar. La noticia de mi amigo me impactó mucho y lo contacté por Facebook. Intercambiamos algunos mensajes y me puso al tanto de la situación que estaba atravesando. También me pasó una página en esa red social que abrió para concientizar sobre los derechos de los niños, con textos y consignas que exceden su conflicto personal y busca interpelarnos sobre los dispositivos (institucionales y culturales) que nuestra civilización tiene para resguardar a los niños de este tipo de conflictos.

Desde ese día, he contabilizado por lo menos una docena de noticias en medios nacionales y locales de conflictos familiares en los que, de manera directa o indirecta, están involucrados niños, niños chicos, cuya vida nunca va a volver a ser igual. Algunos casos son conocidos: la lucha de una madre, cuyas hijas fueron restituidas al padre, que vive en Estados Unidos; un hombre en Entre Ríos que mató a uno de sus hijos e hirió gravemente a otro para vengarse de su ex esposa; y un productor teatral que se entera después de dos años que el hijo de su ex-pareja es de otra persona. No me refiero a la simple separación de los padres, eso sucede todos los días y tal vez abunden los casos en los que se logra minimizar el impacto sobre la vida del niño, contabilizo los conflictos que afectan para siempre a la vida de los niños. Si nos tomamos el trabajo de buscar por internet en las noticias de los últimos 10 años vamos a ver que, sólo en nuestro país, existen cientos de conflictos de este tipo que llegan de una u otra manera a los medios; lo que me lleva a pensar que deben haber cientos de miles de casos de los que no nos enteramos. O sea: cientos de miles de niños involucrados en conflictos graves que no les pertenecen, cientos de miles de infancias que no van a ser las mismas, millones de horas de psicoanálisis, millones de culpas infundadas, millones de frustraciones que podrían haberse evitado. Un puñado de vidas que toman otro rumbo, de reproches, de aprendizajes dolorosos. Creo que no exagero, cientos de miles de niños de distintas edades y clases sociales. Cientos de miles de subjetividades vulneradas.

En la mayoría de estos conflictos, como en la mayoría de las problemáticas que nuestra cultura aún no sabe cómo resolver, hay un factor común: el egoísmo, rasgo inherente a la condición humana. La forma de utilizar el lenguaje habla mucho de nuestra forma de pensar, sólo hay que mirar los títulos que le ponemos a cada conflicto, no solo los medios en sus noticias, si no también nosotros en nuestro imaginario: “Madre desesperada”, “Padre mata a su hijo”, “La lucha de una madre”, “El drama de un padre”, etc., siempre lo mismo, nunca “Niño asesinado por su madre”, “Hija no puede ver a su padre”, “Niñas separadas de su comunidad”,…El drama es de los padres, las luchas son de los padres y, si ahondamos un poco en cada situación, vamos a encontrar que las motivaciones verdaderas son, en definitiva, lo que les pasa a los padres, no lo que les pasa a los niños. Detrás del argumento “lo mejor para los chicos”, se hace lo mejor para los grandes.

Niños

Las asociaciones de padres e iniciativas colectivas buscan, casi siempre y aunque la excusa sea otra, preservar el derecho de los padres en relación a los niños, algo que no está mal, pero que generalmente dejan las necesidades afectivas de los niños en un lugar secundario.

La popularización de las redes sociales, ayuda un poco a visibilizar las verdaderas motivaciones. Hagan la prueba: busquen a cualquiera de estas asociaciones en Facebook, miren entre los suscriptores a las páginas respectivas o lean los comentarios de las publicaciones y vayan a los perfiles de padres involucrados en conflictos personales que afectan a niños. Las publicaciones en sus muros buscan descalificar la conducta del otro conyugue o pareja implicado (es decir del otro padre), y los comentarios generalmente son apoyos a esa lucha: “Mucha fuerza Fulano, te apoyo”, “Mucha suerte Mengano, me solidarizo con tu lucha”, “Estamos con vos Sultano”; nadie pregunta por los niños, nadie se solidariza con el sufrimiento de ellos, todos toman partido por una de las partes “adultas”. Es un partido que se disputa en ese campo, en el de los adultos, se ponen en juego miserias adultas: dinero, reproches, venganzas, rencores, despechos, orgullos, ambiciones materiales, todo convenientemente camuflado detrás de “lo mejor para los chicos”.

La justicia, esa institución en decadencia dirigida por personas convencidas de pertenecer a una raza monárquica superior que se niegan, incluso, a contribuir con el pago de los impuestos que sustentan sus sueldos, casi nunca da solución definitiva a los conflictos de este tipo, y cuando las da suele ser insuficiente: restituciones, cuotas alimentarias, regímenes de visita y algún que otro premio consuelo para los adultos, nunca para los niños.

Archivo

Los corpus normativos, las declaraciones de derechos, los convenios e instituciones internacionales que, con la mejor de las intenciones, buscan preservar los derechos de los niños, suelen ser eso: buenas intenciones, un par de sueldos a “consultores especializados” y la conciencia limpita, nada más. Por ahora somos incapaces de preservar a los niños de algunos de nuestros conflictos adultos, nuestra cultura no sabe cuidar a los niños de las miserias que los adultos construyen, hay que aceptarlo y empezar de nuevo.

La cultura del siglo XXI se ha caracterizado, entre muchas otras cosas, por la conquista de derechos para algunas minorías (sexuales, culturales y étnicas), son batallas que aún se están librando y todas ellas implican renunciar de uno u otro modo al egoísmo, por eso creo que no va a ser tan difícil dar la batalla (la batalla verdadera, no la políticamente correcta) por los derechos de los niños, que no son una minoría si no una mayoría silenciosa que no vota ni legitima, pero importa mucho; en todo caso es una batalla que vale la pena dar.

Por ahí la solución es más simple de lo que creemos, por ahí todo pasa por dejar de tomar partido por los adultos y escucharlos a ELLOS, a los verdaderos interesados, a los niños; tomarlos en serio, darle importancia a lo que dicen sentir y pensar. Quizás así empecemos a encontrar horizontes mejores para el futuro de ELLOS y, porqué no, respuestas a las miserias del pasado nuestro.

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