Matar la Tierra, una lectura

Sigo con las lecturas de escritores mendocinos. Me corro un ratito de los contemporáneos para hablar de un autor emblemático.

Escritor, periodista, ensayista y dramaturgo mendocino, Alberto Rodríguez (h.) nació en 1924 y murió en 2013. Es el autor de tres novelas y dos obras de teatro, se dice que una importante parte de su obra, que incluye ensayos y novelas, permanece inédita.

Matar la Tierra es su primera novela y quizás la más emblemática. Fue publicada por primera vez en 1952 y reeditada en 1956, 1995 y 2005, estas dos últimas reediciones estuvieron a cargo de la editorial del gobierno provincial, Ediciones Culturales de Mendoza, cuya política editorial errática y rudimentaria, junto a la pésima e incomprensible gestión de distribución, ha hecho que este y otros libros de Rodríguez (h.) sean casi imposibles de conseguir en el circuito comercial, convirtiendo su lectura en un absurdo privilegio de elites.

Durante la década del 50’ florece en el país cierta tendencia a abordar literariamente la construcción de identidad del sujeto en relación con la tierra y la región. Son discursos narrativos que apuntan a redefinir distintas identidades culturales nacionales indagando en la relación entre el hombre y su ámbito geográfico. Se estructura así un nuevo universo literario regionalista, cuyo discurso se nutre de voces propias de cada lugar. La temática apunta a revelar ciertas tensiones: rural-urbano, centro-periferia, capital-interior, patrón-peón, campo-ciudad, etc. En esa tendencia, que continúa hasta bien entrados los 80’, se inscriben algunas narraciones de Viñas, de Wernicke, de Ayala Gauna, de Bernardo Kordon, de Draghi Lucero, de Daniel Moyano, de Héctor Tizón y de Juan José Manauta, entre otros. Dentro de ese programa literario podríamos ubicar la narrativa de Alberto Rodriguez (h.) y gran parte de la producción literaria de otro mendocino célebre: Antonio Di Benedetto.

Y traigo a colación al autor de Zama porque uno de los grandes problemas que enfrenta la obra de Rodríguez (h.) es su contemporaneidad con Di Benedetto. En efecto, las dos obras emblemáticas de cada uno de estos mendocinos fueron editadas con pocos años de diferencia: Matar la tierra se publicó en 1952, mientras que Zama llegó al papel en 1956. Y precisamente esta simultaneidad, y los diferentes derroteros que han seguido las obras de cada uno, han fomentado una comparación que resulta completamente absurda. He escuchado en boca de algunos amigos que Di Benedetto es el escritor canónico y Rodríguez (h.) el genio olvidado, que Di Benedetto es el mercado y Rodríguez (h.) el arte, que Zama la obra mainstream de la literatura mendocina y Matar la Tierra la novela de culto, he llegado a escuchar inclusive que Di Beenedetto es Florida y Rodríguez (h.) es Boedo. Todas estas exageraciones, además de ser absolutamente falaces y grotescas, son injustas, tanto con la obra de Rodríguez (h.) como con la de Di Bendetto. Se trata de programas estéticos y formales completamente diferentes, que comparten su origen temporal y geográfico, pero de ninguna manera son obras contrapuestas o excluyentes.

Alberto Rodriguez (h.)

Alberto Rodriguez (h.)

El otro gran obstáculo que afronta la obra de Rodríguez (h.) es el gran silencio que se cierne sobre ella. Hay varios trabajos y análisis que circulan en ámbitos académicos, y no sólo en Mendoza. Pero para la mayoría del público se trata de un desconocido. Es muy difícil encontrar entrevistas, datos biográficos, reseñas de sus libros y comentarios sobre su obra que sean de fácil acceso. La pésima gestión editorial de su obra que ha hecho Ediciones Culturales y la ignorancia característica de los gestores oficiales responsables de promocionar y difundir el patrimonio cultural de la provincia, han contribuido mucho a este ninguneo. Y precisamente ese mutismo es el que alimenta un mito absurdo. Con la obra de Rodríguez (h.) ocurre lo mismo que con las de Salvador Benesdra, Osvaldo Lamborghini, Ricardo Colautti y tantos otros autores cuyos libros estuvieron inéditos durante muchos años: se mistifican y, casi siempre, el mito deforma la obra. Por eso es necesario que Matar la Tierra y el resto de la obra de Rodríguez (h.) sea rescatada del olvido rápidamente, de ser posible por una editorial profesional que además de imprimir ejemplares los distribuya y los promocione.

Hechas estas aclaraciones es necesario subrayar que Matar la Tierra es una gran novela, una enorme novela, en todo sentido: sumamente eficaz en el tratamiento de los contenidos, intensamente poética en la utilización del lenguaje e impecable desde el punto de vista formal. Posee además un espesor literario asombroso y un conjunto de construcciones simbólicas y metáforas muy poderosas. Todo eso en poco más de 100 páginas cuya belleza monopoliza la atención del lector hasta el final.

La historia se desarrolla a fines del siglo XIX en los márgenes del río Tunuyán, a la altura del departamento de La Paz, en Mendoza (zona entonces conocida como Villa del Corocorto). Hasta allí ha llegado Justo, un español venido de Castilla acompañado de su mujer y sus dos hijos, con el objetivo de «hacerse la América». Su plan es llegar a la ciudad de Mendoza, convertirse en terrateniente millonario y volver a Castilla para vivir de rentas. Pero su carreta se rompe al llegar a las inmediaciones del Corocorto y se ve obligado a afincarse en el lugar. Justo culpa a la tierra de sus desgracias y decide vengarse de ella sometiéndola, explotándola, haciéndola trabajar para él. Pero al poco tiempo muere su esposa por una enfermedad y, más adelante, su hija por la picadura de un reptil venenoso. En tanto su hijo se enamora de Cuncuna, una bella y joven india integrante de una familia de Mapuches que ha logrado escapar y sobrevivir a la Campaña del Desierto y transita sus miserables días en la zona. Justo, convencido de que todas sus miserias son agresiones de la tierra, enloquece y se precipita hacia un desenlace trágico e inevitable.

Matar la Tierra

Matar la Tierra

Esa batalla simbólica e imaginaria que libra el protagonista con la tierra, y la imposibilidad de dominar y someter a la naturaleza, atraviesan toda la novela y funcionan como metáfora de la intención colonizadora de esa generación de inmigrantes llegados entre fines del siglo XIX y principios del XX. Colonización consistente en la apropiación y europeización del territorio. Como bien se sugiere en el programa Contemporáneos dedicado a Rodríguez (h.), la quema de toda la vegetación que lleva a cabo Justo y la posterior implantación de vides procedentes de Castilla, expresa claramente esta intención y denuncia que la principal actividad productiva de la región es europea en su origen, lo que de alguna manera cuestiona las raíces históricas de ciertas tradiciones que aún hoy se reivindican como propias.

El choque de culturas es, entonces, uno de los principales ejes temáticos de la novela. Los elementos de contraste son la rebelión de Justo contra la naturaleza y la total sumisión del indio a ella. El español tratando de esclavizar la tierra (y fracasando), y el indio aceptándose como esclavo de esa tierra. Pero esa colisión cultural quizás encuentre una resolución expresada en el matrimonio del hijo de Justo con la joven india, como síntesis en los planes del joven al final del libro.

El otro eje temático es la miseria del indio, su abandono y su olvido, funcionales a los objetivos de la conquista del desierto. Rodríguez (h.) describe a la familia de Mapuches como un grupo de seres infra-humanos viviendo en la más absoluta de las indigencias, transitando sus días resignados, embrutecidos por el hambre y las enfermedades, viendo cómo se mueren sus animales, con la esperanza puesta únicamente en una improbable ayuda gubernamental que, por supuesto, nunca llega. De a poco se esfuman sus vidas, de a poco se extingue su raza. Esta espera beckettiana de los indios (a lo Godot), tal vez constituya un curioso punto de similitud con la espera de Diego Zama en la novela de Di Benedetto.

En Matar la Tierra la relación entre posesión de tierra y poder no se analiza, como en muchas otras novelas regionalistas, desde un concepto de clases basado en la oposición patrón-peón, si no que se materializa a través de tensiones psicológicas individuales. La batalla se libra en la subjetividad del protagonista que lucha contra sus propios fantasmas, que lo obsesionan hasta la locura. Uno de esos fantasmas que visita la novela una y otra vez es la figura del anciano indio Ayllá que ha sido asesinado por Justo en uno de sus arranques de ira contra la tierra, ese asesinato lo tortura continuamente, como al Raskólnikov de Crimen y Castigo. Este paralelismo con la novela de Dostoievski no es casual: como bien señala Gastón Moyano en un artículo aparecido en la Revista La Leónidas N°3, la crítica social y el acento en la psicología del personaje, hermanan la literatura de Rodríguez (h.) con la de los realistas rusos del siglo XIX, hijos de Pushkin y Gogol; lo que inevitablemente lo inscribe también en la tradición arltiana. Pero si la angustia rusa se ahonda entre fríos y grises atardeceres de copiosa nieve, la cuyana deviene en desesperación y locura alimentada por el brutal calor seco de enero, en medio de un desolador paisaje desértico que remite, por momentos, a esa llanura interminable y abrumadora que obsesionó a toda la literatura argentina del Martín Fierro en adelante.

A pesar de haber publicado esta novela con apenas 25 o 26 años de edad, la escritura de Rodríguez (h.) denota una gran madurez y revela un oficio envidiable. La precisión y la efectividad de las descripciones dotan de vida no sólo a los paisajes sino también a las sensaciones físicas psíquicas de los personajes (únicamente Lowry en Bajo el Volcán logra representar con tanta nitidez la sensación de calor agobiante). La prosa sólida, el lenguaje de sonoridad casi poética y el manejo perfecto de los silencios en los diálogos son características muy difíciles de encontrar juntas en otras novelas argentinas y contribuyen a la singularidad de Matar la Tierra. A pesar de las abundantes descripciones, el ritmo y la intensidad del argumento se mantienen desde el principio al final del libro.

Desierto de La Paz

Desierto de La Paz

Este es un libro que todo aficionado a la buena literatura, no solo de Mendoza, si no de todo el mundo, disfrutaría muchísimo, por eso es una lástima que sea tan difícil conseguir un ejemplar. El espesor literario de esta novela, la originalidad de los procedimientos estéticos que pone en juego y la vigencia de sus temas reclaman un rescate editorial decente y profesional, para empezar a ocupar el lugar que merece en la literatura argentina. Tal vez así comiencen a disiparse el mito y el injusto silencio sobre la obra existente de Rodríguez (h.) y, seamos optimistas, se abra una oportunidad para que vea la luz su obra inédita.

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